[Julio 25] El Anzuelo

En el hostel había computadoras donde uno podía entrar a internet (tienen añadido un módulo donde uno inserta monedas), aunque desde la noche pasada no servían. No he hablado del hostel. A la izquierda del pequeño pero agradable hall estaban las computadoras y la recepción, después, en la esquina, la entrada al comedor. A la derecha una escalera, una máquina de chucherías y un billar. Enfrente un pasillo que lleva a nuestro cuarto. Tiene paredes de cemento adornadas con posters de eventos artísticos. Al fondo del pasillo, los baños (a la derecha hombres y a la izquierda mujeres). Las regaderas y los baños están en el mismo lugar. Las regaderas son bastante pequeñas. El cuarto es para cuatro personas y, como se habrán fijado, es mixto (aunque no llegó un cuarto ocupante). El cuarto también tiene salida y se puede ver una mesa de ping pong en medio de un pequeño jardincito.

Desayuno (viene incluido con el cuarto): buffet en el cual seleccioné algo de corn-flakes, yogurt (de durazno?) y un mini sandwichito de jamón con mermelada de ciruela. Había rebanadas de queso pero no recuerdo si olía a calcetín o eso fue en Zürich. De tomar: jugo de naranja y chocolate.

Después del check-out y mientras esperábamos el autobús, visitamos rápidamente una tienda de deportes buscando una toalla de Roland-Garros (ferviente encargo del esposo de una amiga de P!. Tratamos de conseguirla en Paris pero cuando mi prima fue encontró cerrada la tienda oficial).

La primera parada era la estación del tren para dejar las maletas (un locker cuesta 7CHF, como 65 pesos por 24hrs). Esta vez la música venía a cargo de una persona tocando In The Mood… en Arpa!! (algo como ésto, lo más parecido que encontré. Se oía diferente en vivo).

Luego, caminar cuesta arriba! Parece que la ciudad está en un cerro así que a batallarle. Bueno, más ejercicio cardiovascular.

Dimos una especie de rodeo hacia el oeste para llegar a la Explanada de Montbenon (según wikimapia). Es una vista interesante del lago. Caminamos hacia el este hacia la Eglise Sant-François (aunque no entramos). De camino vimos un juego rústico con instrucciones (en Francés). Se jugaba con piedritas.

Emprendimos hacie el norte y nos encontramos un tianguis donde compramos unas frambuesas. Estaban medio caras pero muy ricas (no como las que se consiguen aquí, que están ácidas).

Subimos una pequeña calle peatonal donde había opción de escalones de piedra o de madera (que parecían más antiguos). En ese momento me pregunté cómo harían las personas mayores para subir, porque está cansado el asunto.

Entramos a una iglesia en reparación (pero si en todo el viaje montones de edificios estaban siendo reparados. Digo, bien por el ánimo de preservar en buen estado esa herencia cultural, pero me imagino que arruinaron muchas fotos de turistas… como nosotros). La iglesia probablmente fue la Catedral de Lausanne.

catedral_lausanne.jpg

Caminamos hasta otro edificio (con parada técnica, baños extraños otra vez) que no se qué sería pero tenía una placa en honor a Alexandre Yersin, quien según esto descubrió la vacuna contra la peste.

Cruzamos hacia un museo que tenía en ese momento una exposición temporal de fotografía (sobre la tortura, me parece). También tenían aves disecadas (enormes zopilotes). Decidimos no entrar porque no nos iba a alcanzar el tiempo en verlo bien, así que mejor fuimos a encontrar qué comer.

Comimos unas crepas (un poco más grasosas y caras que las de Paris) y de postre, unos panecitos.

Hicimos una escala en una juguetería con muchas cositas interesantes y caras como por ejemplo, una colección de animalitos hechos de madera.

De regreso a la estación de trenes, pasamos por un puente con mensajes del tipo de “fuiste mi mejor amigo, hasta siempre”. Aparentemente es un lugar popular para suicidarse.

Regresamos a la estación para tomar el tren que salía a las 16.20 hacia Zürich.

Al llegar a la estación de trenes, el procedimiento usual: conseguir mapas. Teníamos reservado otro hostel de la misma cadena que el de Lausanne. Nos hicimios un poco de bolas al salir de la estación y llegar a la parada del tranvía, porque no había instrucciones muy precisas de qué boleto habríamos de comprar. Finalmente nos ayudó un policía (creo, pero era un servidor público) y nos explicó en qué consistían los boletos: el Kurzstrecke es un boleto corto para 5 paradas; el StadtZürich de una hora para las zonas cercanas al centro, y el Tageskarte, válido por 24 horas (nótese que en algunas partes el boleto por un día sirve por 24 horas y en otras partes solo hasta que acaba el servicio por ese día).

El hostel en Zürich fue un poco más caro, pero la verdad estuvo muy bien, al igual que el de Lausanne. A diferencia de éste, aquí no hay cuartos mixtos así que nos separamos de P! para ir a dejar el equipaje. Nuestro cuarto era para cinco personas y Ss logró ganarme en un volado la cama sencilla, así que me quedé abajo en una litera. Nuestro cuarto está dividido en dos partes, y en la primera se encuentra un lavabo y lockers. Los lockers costaron 2 francos (casi 20 pesos) pero te devolvían el dinero cuando acababas de usarlos (es decir, te cambiaban la llave del locker por los 2 francos), muy conveniente. El cuarto, al igual que los de Lausanne, no cierra con seguro de llave, sino que le dan a uno una tarjeta con la que se quita el seguro, así, todo mundo tiene su propia tarjeta con acceso al cuarto, de lujo!

Bajamos con la intención de ir a comer a algún lado, aunque flojeamos un poco en las mesas que se encuentran enfrente de la recepción.

Un español reconoce que estamos hablando español y nos dice de pasada:

-¿Son mexicanos?
-Si
-¿Del D.F.?
-No, de San Luis
-Ah, San Luis del Potosí.

Me llamó la atención el “del” y estaba apuntando en mi pequeña, cuando regresó y nos preguntó si podía sentarse con nosotros.

Aceptamos y empezamos a platicar. El tipo nos contó que su madre era mexicana, aunque su padre era italiano y que se habían conocido en Argentina (o algo así). Para su mala fortuna, se había quedado dormido en el tren y alguien le robó su mochila con una laptop (MAC). Aunque claro, la laptop le había salido prácticamente regalada por un negocio que hizo con un amigo que consistió, de hecho, en revender un buen número de dichos ordenadores portátiles. Él era ciudadano italiano pero vivía en España y se consideraba más español que italiano. De hecho, parecía aborrecer a Italia. Que había ido a la embajada italiana y que el papeleo iba a durar una semana o más y que los había mandado a “tomar por…”, bueno, que no le pareció apropiado el papeleo. En todo caso la laptop tenía grabado el número de su pasaporte (medida española contra el robo) y que al menos alguien encontraría difícil revenderla. Hablamos de la política mexicana (quejándonos todos). Nos contó que había sufrido leucemia y que lo habían desahuciado en Estados Unidos, pero que un tratamiento de dos años en Amsterdam lo había curado al final. Sus dientes en mal estado parecían dar cuenta de la cruenta batalla. En realidad, no parecía en muy buena condición física: el pelo raleando y con sobrepeso. Eso sí, seguiría fumando cigarros aunque el médico le aconsejara lo contrario. Nunca lo vimos fumar pues no se permitía hacerlo dentro del edificio, cosa que reclamó prontamente a una chica asiática que estaba en el otro extremo de la mesa con una amiga suya y un muchacho también de apariencia asiática (que creo recordar solo sabía inglés), pues estaba sacando un cigarro.

Nos habló de cómo a su madre le encantaba el mezcal, aunque a él no le gustaba nada.

Me invitó algo de tomar y acepté un refresco. Creo que también nos compró una especie de sandwich y redondeamos la cena con una manzana que traíamos de no se dónde (creo que de París). Nos recomendó visitar un “jardín muy grande, el Keukenhof” y asistir a la subasta de quesos en Amsterdam, así como comprar una tira de pases para el transporte público.

Maldijo magníficamente a la chica que le había vendido mi refresco por haberle dicho que no tenía hielos, al ver el contenido del vaso de la chica asiática cuando regresó a nuestra mesa.

En algún punto, nos ofreció su correo, cuyo nombre era capitanalatristequevedo1980 y un segundo correo, piranhaasesina1980. El tema se volvió entonces hacia el Capitán Alatriste, del cual P! tiene casi toda la saga. Nos habló de cómo pertenecía a uno de esos clubs donde te mandan periódicamente un montón de libros y que tenía miles. También ofreció enviarnos libros o dvds (como el de la película del Capitán que aquí en México pasó prácticamente desapercibida), pues él periódicamente enviaba y recibía cosas de su mamá en México.

Su nombre era Marco Antonio Alberti López-Amarante, aunque prefería ser llamado Piranha, como un personaje de la serie de TV Verano Azul (que yo en mi vida había oído nombrar). Aborrecía el nombre de Marco Antonio.

Antes de despedirnos finalmente, le dimos nuestros correos y quedamos invitados a su casa en Ribadesella, Asturias, “para ir a pescar al mar” y disfutar de un buen vino.

Ss y yo nos fuimos a dormir a nuestro cuarto. Me desperté al oir el ruido que provocaron nuestros compañeros de habitación, tres rusos que parecían hombres de negocios. Nuestros compañeros brindaron música de viento para arrullarme al sueño…


Y como colofón de esta maravillosa historia del Piranhas

“Bart Zwart” es el nombre de, por lo que se ve, un muchacho holandés que resulta que tiene un blog. Su blog no tiene más que dos entradas y está completamente en holandés, por lo que un traductor podría ser de alguna utilidad. Ojalá que encuentren esta entrada suya tan interesante como yo.

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